Los ojos del abismo: terror, Malvinas y fantasmas en un barco a la deriva
En 1982, una enfermera despierta entre cadáveres en un barco perdido en el Atlántico Sur. Lo que sigue es una batalla por la vida, entre soldados ingleses, espectros de guerra y un océano que nunca olvida

Los ojos del abismo, la nueva película de Daniel de la Vega que llega a los cines el 11 de diciembre, arranca con una escena tan simple como inquietante: Inés Robles (Verónica Intile), una joven enfermera, despierta en un barco a la deriva rodeada de cadáveres. No sabe qué pasó, no recuerda cómo llegó ahí. El único ser vivo que parece haber sobrevivido es un perro con una camiseta argentina, que pronto se convertirá en su aliado silencioso en medio del horror.
La acción transcurre en 1982, y la dirección de arte se encarga de dejarlo claro desde el primer minuto: un almanaque con una foto de Camila Perissé desnuda, una revista Pelo sobre la mesa, detalles de época que anclan la historia en un pasado reconocible. Pero la confirmación llega cuando irrumpe un comando de soldados ingleses, brutales y sádicos, que suben al barco con una misión precisa. Ya no hay dudas: estamos en plena Guerra de Malvinas.
Desde ahí, la película se convierte en una epopeya de supervivencia en espacios cerrados, húmedos, metálicos. La enfermera Robles deberá moverse entre pasillos angostos, puertas que crujen, sombras que parecen respirar. La acompañan una banda sonora hipnótica, compuesta por Luciano Onetti, que evoca de inmediato las atmósferas de John Carpenter, y una puesta que se anima a jugar con la percepción, el tiempo y la memoria.
Malvinas en clave de terror: heridas que vuelven desde el fondo del océano
“En algún lugar de las profundidades del Atlántico Sur, en 1982, una enfermera despierta a bordo de un barco. Está rodeada de cadáveres y su memoria es un laberinto”, dice la sinopsis oficial. Un grupo de soldados ingleses asalta el navío, ella lucha por sobrevivir y, mientras tanto, algo más se mueve bajo la superficie. “Las guerras producen ecos que navegan en busca de venganza. ¿Quién se atreverá a enfrentar a los ojos del abismo?”, remata el texto.
La fecha no es casual. 1982 no es solo un año: es una herida. De la Vega toma ese contexto para construir una película que no se limita a poner uniforme, bandera y fusiles, sino que entiende el terror como una forma de hablar de lo que todavía duelen la memoria, el duelo colectivo, los cuerpos que no volvieron.
El cine de terror como juego serio: se puede hablar de trasplantes, de guerra, de muerte, de abandono, sin que el discurso se vuelva panfletario, porque lo que hace el género es sublimar esas angustias y devolverlas en forma de relato.
Los ojos del abismo se inscribe, además, en una tradición del terror argentino que viene mutando desde los años 30, pero que encontró un nuevo impulso a fines de los 90 con los cineastas de guerrilla. Esa genealogía que va de Narciso Ibáñez Menta a las producciones más recientes encuentra aquí una continuidad que mezcla guerra, espectros y tensión bélica con una impronta muy local.
Verónica Intile y la heroína en clave Ripley: del espacio al océano, una sola misión

En el centro de todo está Verónica Intile como Inés Robles. Y acá es donde la película se permite dialogar con otro ícono del género: la Ellen Ripley de Sigourney Weaver en Alien. Inés no es una soldado, no es una máquina de matar: es una enfermera atrapada en un barco lleno de muertos, soldados hostiles y fuerzas que no entiende. Pero es su cuerpo, su resistencia y su capacidad de adaptarse las que la convierten en protagonista absoluta.
Hay algo muy potente en esta idea de heroína a flor de piel: una mujer “común”, desplazada de su entorno, obligada a sobrevivir en un ambiente dominado por hombres, armas y jerarquías militares. Si en Alien el espacio profundo era una trampa sin salida, acá el océano cumple ese mismo rol: vasto, frío, imposible de abarcar. Dos mundos distintos —el espacio y el mar— conectados por una misma condena: no hay escapatoria fácil, solo queda sobrevivir.
A nivel puesta en escena, la película se apoya en espacios cerrados y asfixiantes, movimientos de cámara tensos, criaturas y presencias que se sugieren antes de mostrarse. El guion, firmado por Luciano Saracino, Gonzalo Ventura y Daniel de la Vega, apuesta por una narrativa fragmentada, casi febril, que se permite anacronismos y distorsiones temporales. Lo que al principio podría confundirse con “errores de continuidad” se revela luego como pistas: juegos, saltos, vueltas de tuerca que no conviene adelantar para no arruinar la experiencia.
Términos técnicos
La pelicula apuesta por una producción que mezcla lo físico con lo artesanal, casi como un homenaje directo al cine de género de los 80. El rodaje se realizó en dos barcos reales —uno como base y otro como escenario principal— y todos los exteriores se filmaron también a bordo. No hay CGI, no hay IA: todo lo que se ve fue construido, iluminado y movido frente a cámara.
El mar, en cambio, se resolvió con maquetas diseñadas especialmente para un lago artificial ubicado bajo la Facultad de Ingeniería, un espacio creado originalmente para probar modelos de embarcaciones. Allí se filmaron olas, reflejos, corrientes y miniaturas que replican el Atlántico Sur con una fidelidad inquietante.

Los submarinos, los barcos británicos y los buques argentinos fueron construidos a mano, pieza por pieza, respetando esa tradición artesanal que marcó al cine fantástico de la década de los ochenta: materiales concretos, texturas reales, objetos que existen, pesan, se oxidan y se rompen.
Ese cruce entre recursos limitados y creatividad visual genera una textura propia: un terror que se siente sólido, áspero, húmedo. Un terror de metal, óxido, agua y sangre, tangible, físico… y por eso mismo, mucho más perturbador.
Un tour de force de géneros que pudo ir más lejos, pero deja huella
Con una duración de 72 minutos y una mezcla declarada de terror, acción y ciencia ficción, Los ojos del abismo funciona como lo que su director definió: un tour de force de géneros. La película se mueve entre ráfagas de violencia, momentos de suspenso puro, climas claustrofóbicos y estallidos de gore que no escatiman en sangre cuando la situación lo pide.
La narración es prolija, por momentos virtuosa, con algunas escenas que logran transmitir una tensión física que se queda pegada al cuerpo. Hay planos que respiran asfixia, peligro, misterio. Cada aparición de los soldados ingleses, cada pasillo del barco, cada silencio entre Inés y el perro refuerza la sensación de encierro y amenaza.
Los ojos del abismo se planta como una pieza necesaria dentro del nuevo cine de terror argentino: una película que se anima a cruzar Malvinas, horror sobrenatural, ciencia ficción y relato bélico sin temor a incomodar ni a tomar partido por una mirada local, oscura y emocionalmente cargada. Una historia de barcos, los ecos de los muertos que navegan buscando venganza, fantasmas y soldados donde, en el fondo, lo que está en juego es siempre lo mismo: cómo sobrevivir a lo que nos pasó… y a lo que todavía nos persigue desde el fondo del mar.



