Mauricio Benítez: del barrio a El Eternauta
Tiene 37 años, nació en Laferrere y es uno de los rostros que más sorprendió en la serie de Netflix. Pero lejos del brillo, sigue viajando en bondi, levantando su casa y soñando con que el arte también puede ser trabajo

Mauricio Benítez mide un metro sesenta y ocho. Es morocho, de nariz ancha, pelo oscuro, barba apenas crecida. Tiene un cuerpo grandote, morrudo, de esos que imponen presencia. Recién termina de trabajar —hizo herrería, algo de pintura— y llega corriendo a su casa para la entrevista. Como cada día, se levantó a las seis de la mañana, pero todavía le sobra energía. Se cambia rápido, pone la pava, prepara el mate. El agua tiene que estar hirviendo. Literalmente. Su sonrisa franca es su marca registrada, sus dientes desparejos, o ese modo de hablar que se le escapa entre risas cuando recuerda anécdotas.
Como aquella vez, en El Suplente, película de Diego Lerman en la que tuvo un pequeño papel como guardia de hospital, una señora se acercó a pedirle indicaciones creyendo que era personal de seguridad real. A él le divierte: “Eso es actuar bien”, dice, con orgullo. Y no está tan lejos de la verdad: su cuerpo ya había llamado la atención de varios directores en papeles similares antes de conseguir el rol que, sin buscarlo, le cambiaría la vida.
Un actor que siente primero: empatía, búsqueda y vocación
Mauricio es insistente. Busca vida. Pero, sobre todo, es empático. “Yo tengo un medidor de emociones”, dice en un momento de la entrevista. Y con eso define mucho más que una frase. Habla de saberse medir frente al halago, pero también frente a lo que no le sale. Puede reconocer cuando otro se quedó afuera. Como le pasó a Brian Maciel, un pibito de 20 años, flaquito y rubio, el actor que originalmente iba a interpretar al Teniente Moro en “El Eternauta”,la serie más vista en Netflix basada en la historieta de Oesterheld y Solano López. El personaje que finalmente quedó en manos de Mauricio. “Yo estaba contento, claro, pero un poco mal también. No era culpa mía, por edad y contextura física a último momento decidieron que daba más con el personaje, pero uno piensa en el otro”, dice.
Nació en 1988 bajo el signo de Escorpio, en el barrio de Gregorio Laferrere, en La Matanza. Mauricio aprendió a construir su historia sobre tres ejes: trabajo, fe y actuación. En ese orden, o en otro. Pero siempre entrelazados. Perdió a su papá y a un hermano antes de nacer. Pero la tragedia no se cortó ahí: cuando tenía doce años, perdió a otro hermano más. En total, su madre tuvo doce hijos: ocho mujeres y cuatro varones. El dolor le pegó justo cuando entraba a la adolescencia. Podría haberse “ido por otro camino”, como se dice en su barrio. Pero eligió: cargar baldes, levantar paredes, pegar afiches, disfrazarse de pájaro azul en Liniers y volantear. Todo mientras soñaba con actuar.

Tenía siete años cuando se subió por primera vez a un escenario improvisado, de la mano de la ONG Kiosco Juvenil. La organización ofrecía clases de teatro gratis en Laferrere, y hacía que los pibes y pibas practicaran frente a cámara para después cagarse de risa viéndose en la tele. Por desgracia, no quedó ningún cassette de esa época. Todo era un juego, pero el bichito del escenario ya lo había picado. Al año, los talleristas dejaron de ir. La madre de Mauricio recuerda el día en que él, con los ojos vidriosos, la miró y se animó a decirle que quería seguir haciendo teatro. Ella sufrió al explicarle, que no podía llevarlo: no había ni tiempo ni dinero. Quedaba muy lejos. Mauricio lo evoca distinto: “Mi mamá me lo explicó con tanto amor, que yo lo acepté sin reproches. Nunca nos hizo faltar un plato de comida”.
A los dieciocho, en 2006, la ONG seguía funcionando y él, que ya estaba por terminar la secundaria, volvió. Era eso o trabajar. Terminó haciendo las dos cosas. Unos años después, le pidió al profesor que lo llevara hasta Morón, que lo acompañara a anotarse en la carrera de actor municipal. No se animaba a ir solo en tren, y no tenía quien lo acompañara. El profesor le dijo que sí, lo llevó en su auto, y ese viaje le cambió la vida. Desde entonces no paró: cursos, talleres, escenarios. En 2013 se recibió como actor profesional en una escuela de San Justo. La actuación, que arrancó como un juego, se convirtió en una profesión que anhela ejercer de tiempo completo.
De lunes a viernes trabaja con su hermano en una empresa estatal que construye escuelas en el conurbano; él lo subcontrata. Mauricio hace pintura y se defiende con la herrería. Cuando tiene un casting o una nota, se toma el día o sale más temprano. “No cualquiera tiene esa suerte”, reconoce. Ese margen de libertad es clave para él, porque sabe que la construcción es un trampolín para seguir de pie. Pero lo que realmente quiere es vivir de la actuación, dedicarse solo a eso. Y repite casi como un mantra: “Si Dios quiere…”
El salto a El Eternauta
La gente lo conoció por “El Suplente”, “La 1-5-18”, “Maradona: Sueño bendito”. Pero “El Eternauta” fue otra cosa. Fue el salto. Aunque, en realidad, él entró por la ventana. Se había preparado para otro papel —un operador con casi ninguna línea— cuando el director Bruno Stagnaro lo miró y le dijo: “Vos vas a ser el Teniente Moro”. Mauricio tenía 35 años en el 2023, cuerpo firme, voz potente. Daba con el personaje. Aprendió el guión en 20 minutos y terminó grabando veintisiete jornadas en lugar de tres. Stagnaro lo felicitó. Aunque reconoce que se puso nervioso en una escena con Darín. El mismo Ricardo, que hace de Juan Salvo, lo tranquilizó y le sugirió que lo hiciera de otra manera. Y le funcionó. Cuando lo cuenta, se le nota en la cara el agradecimiento.

Celeste es su pareja y madre de su hija. Se conocen desde 2021, aunque ya se tenían de vista del barrio. Un día, Mauricio se animó a hablarle. Y así empezó su historia. Ella recuerda y relata con pausas ese día: “Me mandaba mensajes desde el rodaje, con fotos, con videos. Cuando conoció a Darín, se le notaba la emoción. Estaba cumpliendo un sueño”, cuenta, y sonríe al final de la frase.
“Yo fui feliz trabajando en “El Eternauta”, pero después entendí que la verdadera felicidad era poder comprarle cosas a mi mamá con los frutos de ese trabajo”, dice. Mauricio vivió siempre con su madre. Bueno, hasta hace unos meses, que se mudó con su mujer. Con su primer sueldo grande —cinco millones de pesos en tres meses, equivalente a 60 salarios mínimos de 2023 — se compró un auto usado (al que se le fundió el motor en dos días), una moto 0 km, dos televisores, una heladera, una PlayStation y una máquina de coser para ella. Su mamá no tenía tele hacía tres meses: se le había quemado. Mientras deja la bombilla delante de sus labios, listo para tomar otro mate, cuenta orgulloso que su madre nunca pensó que alguien le iba a regalar un televisor. “Yo ya gané”, sentencia. Y se emociona. Aunque se le llenan los ojos de lágrimas, ninguna gota llega a caer.
Transformación, futuro y una certeza: el actor no quiere fama, quiere trabajo
Hay una herida que Mauricio no nombra todo el tiempo, pero está. De chico fue tartamudo. Ahora, de grande, apenas se le nota. Cada tanto tropieza con una palabra. Su mamá le contó que, cuando tenía dos o tres años, después de un susto muy grande, se quedó un año sin hablar. “Me costaba mucho. Pero el teatro me curó”, dice, sin vergüenza de exponer su punto débil. Y tiene razón. Porque cuando actúa, no tartamudea. Nunca lo llamaron para hacer de tartamudo, pero sí de guardia de hospital, de exjugador de fútbol, de teniente. Mauricio se transforma. Habla y se hace escuchar. “Mucha gente me pregunta si soy tartamudo… y yo digo: sí. O lo era. No sé. Capaz que todavía lo soy”, se ríe.

Fabián Benítez, su amigo, coach y representante, lo conoció en un taller de actuación que brindaba en la Villa Zavaleta, en 2016. Dice que desde el primer encuentro lo percibió como alguien distinto. “Mandado, entusiasta, sociable, predispuesto”, así lo describe. Mauricio había llegado al taller de Actores de Villa por curiosidad, pero se quedó por convicción. “Mauri —como le digo siempre— no va a ver qué onda. Va en serio. Tiene vocación, compromiso y hambre de aprender. Y de trabajar”, cuenta Fabián.
Él mismo fue quien lo preparó para castings, lo acompañó en escenas, lo vio crecer. “Le tocó algo lindo con “El Eternauta”, y eso le ayudó mucho con su confianza. Al principio no dimensionábamos lo que era. Después fue un shock hermoso para todos”, dice, con orgullo. Fabián le consiguió el casting a Mauricio, y él mismo tuvo un papel chiquito en la mega producción de Netflix. De Actores de Villa, fundada por Fabián Benítez, salió el actor que hizo de Monzón joven: Lucas D’Amario, Diego Gallardo que laburó en El Marginal 5, Un Gallo para Esculapio, y en Santa Evita. Y ahora también, Mauricio Benítez: el del Eternauta.

Gracias a la exposición que supo aprovechar, Mauricio forma parte de cinco proyectos —cine, tele, publicidad— pero selecciona bien. Ya no acepta cualquier cosa. La etapa del estudiante para él ya pasó. Aunque si hay que volver a volantear, dice que volvería. “Pero ahora priorizo otras cosas: la familia, el tiempo, el contenido de los trabajos”, dice. Ahora puede elegir, pero con un poco de miedo a que la gente piense que se la creyó.
Viaja en tren y en bondi. Vendió el auto y la moto que se compró con la plata de “El Eternauta” para levantar su casa. La está construyendo con sus propias manos. Literal. Mientras tanto, sueña con que su hija recién nacida —la primera junto a Celeste— crezca viéndolo trabajar de actor. Además de tener lo suyo propio, dice: “Sueño con comprarle una casa a mi mamá. Que viva bien. Que esté. Ojalá me dure veinte años más”.
Es la primera vez que Celeste habla para un medio y se nota en su voz. “Mauricio es muy familiero. Ama a su mamá, la cuida. Es muy atento: siempre se fija si necesita algo, si está bien. Conmigo es igual”. Se detiene a pensar y enfatiza que, aunque esté cansado, la bebé es su mayor motivación: le da fuerza para levantarse todos los días. “Como actor, admiro la perseverancia que tiene en cada trabajo. Empezó desde abajo, sin dejarse influenciar por nadie, siguiendo su corazón y su amor por lo actoral. “El Eternauta” no lo cambió en su personalidad: sigue siendo el mismo”, dice, y ríe al final de la frase.

Mauricio Benítez no quiere ser famoso. Quiere trabajar. Que lo llamen. Que lo miren. Que lo dejen hacer lo que ama, sin tener que dejar de ser quien es. Sabe que “El Eternauta” le abrió puertas. Por eso se anima a escribirle a cuanta persona tenga un programa en algún medio, para que le den espacio para una entrevista. Tampoco duda en abrir las puertas de su casa —aunque esté en plena construcción y tape los muebles con sábanas—.
Sabe que si se queda quieto, se enfría. Aunque el frío quizás no sea algo malo. Lo tiene claro desde chico, desde que vio una entrevista a Charly García. “Charly dijo una vez que ser artista es cagarse de frío. Entonces yo soy un artista de la concha de la lora”, lanza sin reparo y entre risas, mientras se toma el último mate, el que cierra la ronda… y también nuestra charla. Es la despedida.



